Rodrigo Viveros — retrato

Sobre el autor

Trabajé como ingeniero electrónico durante más de una década, hasta que me despidieron. Ese gran hito fue la oportunidad que me dio la vida para que, al fin, pudiese dedicarme a mi verdadera pasión: mostrar la belleza de la Naturaleza.

Pero no siempre fue así. Intenté abordar la fotografía como había abordado todo en mi vida: como un problema técnico que debía resolver.

Compré cámaras, lentes y accesorios. Estudié exposición, composición y edición. Mi perfeccionismo me llevaba a pasar incontables horas buscando el método correcto para mejorar una imagen. Con los años, profundicé tanto que me volví un especialista en fotografía de paisaje.

Pero una y otra vez, la naturaleza me recordaba algo más profundo.

Lo más importante no era la cámara. Era la forma de observar.

Con el paso de los años empecé a soltar el control de lo que yo quería fotografiar. Descubrí que mi trabajo más honesto aparecía cuando dejaba de imponer una imagen y simplemente estaba presente.

Eran instantes en que sentía que no estaba creando la imagen, sino recibiendo algo que ya estaba ahí, esperando ser visto. Dejé de perseguir la imagen correcta y empecé a recibir lo que el paisaje ya me estaba mostrando.

Ese cambio transformó por completo mi manera de entender la fotografía y, con los años, mi mirada interior.

Durante más de catorce años aprendí de forma autodidacta: de libros y cientos de videos, y también de algunos de los mejores fotógrafos del mundo. Recibí reconocimientos, recorrí paisajes extraordinarios y presencié eventos naturales conmovedores.

Y así, el aprendizaje más importante nunca vino de un premio, de un like ni de una cámara.

Vino de la Naturaleza.

Ella me enseñó la paciencia. A esperar. A observar. A aceptar que las mejores fotografías casi nunca aparecen cuando uno tiene prisa.

Y esa espera tiene rostros distintos según el lugar.

En la montaña, donde el clima es implacable y el cuerpo recuerda sus propios límites, el paisaje espera el momento preciso para revelar su carácter.

En los bosques de árboles centenarios, el silencio parece dejar sentir la humedad que sube desde la tierra.

Frente al mar, ese territorio de nostalgia, fuerza y violencia, uno aprende que la belleza también puede ser indomable.

También el desierto, el hielo, los ríos y las auroras. Da igual.

Cada paisaje enseña su propia forma de espera.

Hoy creo que una cámara solo puede registrar aquello que nuestros ojos ya aprendieron a ver.

La fotografía dejó de ser, para mí, un problema técnico. Se convirtió en una forma de prestar atención. Y es que cuando cambia la manera en que observamos la naturaleza, también cambia la manera en que vivimos.

En este sitio encontrarás fotografías de diferentes etapas de mi recorrido. Espero que las disfrutes, las compartas o las colecciones. Sea cual sea tu elección, deseo que estas imágenes sean una fuente de inspiración para salir a explorar la Naturaleza y, quizás, descubrir una nueva versión de ti mismo a través de ella.